Según la definición del
DRAE, la política es el arte de gobernar a los pueblos. Otras definiciones
dicen que “es la ciencia que trata del gobierno o la dirección de los estados,
las ciudades o las colectividades en general”.
Creo
que las palabras claves de estas definiciones son ‘arte’ y ‘ciencia’. Si nos
atenemos a ellas, las lecturas son varias. Una de las definiciones de un
vocablo tan ambiguo como ‘arte’, es el concepto que engloba toda forma de expresión de
carácter creativo, realizada por un ser humano. Pero también es la capacidad o
habilidad para hacer algo, en este caso que nos ocupa, gobernar bien. En cuanto
a la segunda palabra clave, me quedo con la definición de ciencia como un
conjunto de técnicas y métodos que se utilizan para alcanzar el conocimiento.
En nuestro caso sería el conocimiento necesario para el buen gobierno.
Lamentablemente,
si echamos un vistazo general a los políticos que han ejercido el poder en
España, en cualquier de las parcelas de gobierno que les haya tocado en el
reparto de sillones y, salvo honrosas excepciones, son muy poquitos los que han
demostrado arte y sabiduría. Salvo que llamemos arte solamente al teatro, y
sapiencia a la habilidad para llevar a cabo tal representación. Porque la
práctica de la política en nuestro país se ha convertido en los últimos tiempos
en el arte de engañar al pueblo, dejando a un lado los intereses generales de
los ciudadanos, sobre todo, de los sectores más desfavorecidos por un
capitalismo salvaje, que ha terminado pisoteando los derechos humanos más
elementales sin ninguna consideración ni moralidad. Y contemplamos, cada vez
más sorprendidos, como los políticos anteponen sus intereses particulares o de
partido, o los beneficios de ese capitalismo deshumanizado, a los intereses o
valores ciudadanos que están obligados a defender. Y, desgraciadamente,
observamos también, cada vez más asqueados e indignados, como la corrupción, el
latrocinio, el fraude, la desvergüenza y, lo que es aún peor, el cinismo descarado
de sus autores y la complicidad tácita de quien sabe y mira para otro lado, se
ha convertido en una práctica generalizada de la política en nuestro país.
La
política debe servir para integrar, no para dominar. Las mayorías absolutas se
han convertido en el mayor cáncer de la sociedad, porque los políticos han
abusado de ella, incluso engañando a quienes con su voto las han permitido.
Ningún gobierno con mayoría absoluta está legitimado éticamente para convertir
esta mayoría en un cheque en blanco, que le permita hacer lo que le dé la gana
sin respeto alguno por las minorías, que también tienen sus derechos, y pervirtiendo
los verdaderos valores de una democracia real y participativa. Es decir, han
dominado, pero no han integrado. Han favorecido políticas contrarias a los
servicios públicos más elementales, como es la salud y la educación; han
permitido a la banca campar a sus anchas y, con la disculpa de una crisis
provocada por los grandes poderes económicos y la incompetencia de los gobiernos,
arruinar y dejar en la calle a miles de familias; han permitido la presión de
los grandes grupos empresariales, y han favorecido las tesis de las
asociaciones de empresarios para cargarse a golpe legislativo multitud de leyes
laborales, única defensa de los trabajadores ante el atropello, el abuso y el
desprecio a sus derechos por parte de muchas empresas.
Y en
cuanto a la sacrosanta Constitución… mejor no hablar. Porque, ¿si es tan
sagrada, por qué no se cumple? Si de verdad hubiese leyes que penalizasen su
incumplimiento, todos los políticos que han gobernado este país deberían estar
en la cárcel. Hay artículos que se están infringiendo continuamente, o no se
han elaborado ni las leyes, ni los presupuestos necesarios para permitir su desarrollo:
trabajo, educación, sanidad, justicia, redistribución de la renta, promoción de
la ciencia y la investigación científica, derecho a la vivienda, pensiones
adecuadas, independencia de la Justicia, participación en la empresa y en los
organismos públicos, etc., etc.
Pero,
aunque todo este esbozo o apunte rápido y general me disgusta y me asquea, hay
otras cuestiones que despiertan toda la indignación y la
exasperación que puede sentir una persona ante leyes y normativas injustas, y
fuera del más mínimo sentido común.
Por ejemplo,
la injusticia y el absurdo de un sistema electoral arcaico y obsoleto. El
sentido común y la lógica más aplastante es el de un ciudadano, un voto. Ningún
voto puede valorarse más que otro, dependiendo de la circunscripción electoral.
El sistema electoral no debe estar hecho para beneficiar a unos partidos en
detrimento de otros. Debe ser estrictamente proporcional a los resultados. No es justo, ni
lógico, ni siquiera democrático, que un partido con más votos que otro, tenga
menos diputados. Hay que cambiar el sistema electoral. Y está claro que si no
se ha hecho hasta ahora es porque dicho sistema beneficia a los grandes
partidos y perjudica al resto.
Por ejemplo,
¿dónde se ha visto que tengamos que pagar por utilizar el sol? El gobierno de
Zapatero legisló, aún de forma insuficiente, pero legisló, potenciando las energías
renovables y limpias. De manera que, si un
edificio instalaba placas solares o placas fotovoltaicas para la producción y
el consumo de electricidad, el sobrante se volcaba en la red general eléctrica y
las empresas eléctricas pagaban por la misma, puesto que era una energía que ellas
no habían generado y, que al verterse en la red aumentaba la electricidad que
suministraban y cobraban a otros usuarios. Pues bien, algo tan lógico se ha
convertido en el engendro siguiente: ahora, usted paga la instalación de
paneles para captar la energía del sol y convertirla en electricidad, pero no
solamente no cobra nada por el sobrante regalado a las empresas eléctricas,
sino que, además, tiene usted que pagar a las eléctricas por la utilización del
sol… ¿Hay algo más absurdo y, sobre todo, más injusto, teniendo en cuenta que
somos el quinto país con la electricidad más cara de Europa…? ¿Qué será lo
siguiente, un canon individual por el aire que respiramos? ¿Harán una prueba de
capacidad pulmonar a cada ciudadano?
Un último
ejemplo relacionado con Hacienda y del que acabo de enterarme hace muy poquito.
Cuando usted hace su declaración del IRPF, si tiene valores, acciones o similares
y le han reportado un beneficio, lógicamente, usted tributa por dicho beneficio
en el año fiscal en el que se haya producido. Ahora bien, si usted ha vendido acciones
o similares y, debido a la crisis o fluctuaciones de la Bolsa, ha tenido una
pérdida importante sobre el valor de la compra que hizo en su día, lógicamente,
en su declaración debería haber una desgravación fiscal que tuviese en cuenta
las pérdidas, de la misma manera que tuvieron en cuenta los beneficios para
aplicarle un impuesto sobre ellos. Bien, pues eso era así antes. Ahora ya no.
Ahora, usted no desgrava nada. Pero eso, sí, han hecho una nueva normativa por
la cual, si en los cuatro años siguientes usted tiene beneficios, se le
compensarían con las perdidas… y se han quedado tan anchos… Vamos que Hacienda
siempre gana, aunque sea injustamente. Porque, vamos a ver, esa norma estará
muy bien para personas que están continuamente comprando y vendiendo en la
Bolsa, cuestión que la grandísima mayoría de los españolitos no podemos hacer,
porque estamos ocupados con poder llegar a fin de mes sin aumentar nuestras
deudas. Es decir, si una persona que tenía unas acciones, las vende por
necesidad y pierde dinero…. con las pérdidas se queda, puesto que ni en los
cuatro años siguientes, ni en lo que le queda de vida va a volver a tener
acciones o valores de ningún tipo para poder compensar las mismas con unos
hipotéticos beneficios. Resumiendo, ¿a quién beneficia esta nueva normativa…?
Sencillamente, como siempre, a los que más tienen y operan regularmente en la
Bolsa. Esta norma es totalmente arbitraria, injusta y ajena totalmente al
sentido común. Si tengo beneficios es normal que pague por ellos en mi
declaración de la renta, en el ejercicio fiscal del año en que se han producido.
Pero, de la misma forma, si lo que tengo son pérdidas, la desgravación deberá
realizarse en mi declaración, igualmente, en el mismo ejercicio fiscal del año
en que las mismas se han producido y no que esa desgravación que me corresponde
se quede Hacienda con ella, porque no voy a volver a tener más acciones ni en
los cuatro años siguientes, ni jamás en la vida. Esa norma es totalmente injusta
y discriminatoria, demostrando, una vez más, que Hacienda…. no somos todos,
sino que, unos más que otros…
Pues nada.
Me quedo con muchas más cosas en el teclado, pero no quiero cansarles, porque
estas cosas, la verdad, es que cansan mucho. Así que, gracias por haberme leído
y ya saben, el día 26… a votar otra vez… Feliz fin de semana.
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